M e m o r a r i o

Friday, January 27, 2006

Este es el último Mandamiento.


¿O es acaso el primero?


Feliz Año Nuevo!

Pisamos el 2006.

(En ritmo de estacato)

Ya es 2006. Un año más que se nos va. 2000, 2001, 2002, 2003,... Duran como una bombarda de fin de año. Y con el mismo estallido se desvanecen, borroneadas por el tiempo...

A penas si las notamos. Solo ahora sobreparamos sobre nosotros mismos para volver la mirada atrás. ¿Qué vemos en esas imágenes que nos lanza el pasado? No lo podríamos decir en ese instante. Un número impreciso de imágenes pueblan nuestra mente. Así, por un segundo. Luego, mientras le vamos dando espacio a nuestros recuerdos, empiezan a surgir una a una, con una fuerza de claridad. Cobran vida. Se echan a andar los momentos más felices del año, de éxito personal, de logro familiar, los más amargos que hemos vivido, tristes, de hondo recuerdo... Visitan nuestra mente los amigos cercanos: del trabajo, de la universidad, del barrio, de toda la vida; las personas que nos quieren y que queremos, él, ella, aquellas que no fueron, que se fueron, que extrañaremos, que se alejaron hacia otras latitudes...E inmediatamente después acuden a su encuentro como en tropel una andanada de otras imágenes. Del futuro. Aquellas imágenes que quisieramos vivir. Que esbozábamos entre noches sin dormir. Amorosamente. Con la vista puesta en ellas. Aquellas imágenes que jurábamos para este año, pero no, no se pudo. Para el próximo será. Y entre dientes, nos decimos: Ahora sí, si será. Mordiendo nuestra frustación. Y nos proyectamos con esta idea sobre el año venidero. Planificamos. Organizamos. Entusiasmados, nos lanzamos hacia su realización. Con la vista lavada. Con el ímpetu renovado. A punto para reiniciar una nueva vida. Nuevos. Para conquistar palmo a palmo nuestro bienestar y nuestro futuro aún por venir.

A propósito de estas fechas.


Es Navidad. (I)

Mis mejores navidades las he pasado sin duda en Ica. Y son seguramente aquellas imágenes que mi niñez manda con mayor insistencia. Recuerdo especialmente la casa de los abuelos en Ica, porque allí, en ese entrañable lugar, se celebraron las Noches Buenas más alegres que mi memoria tenga recuerdo. Y fue de este modo, porque, entre otras cosas, permitió que la familia en pleno se reuniera, como rara vez ocurría en el año, en torno a las dos piedras angulares del edificio familiar: ‘Mamá’ Luzmila Sumari y ‘Papá’ Armando Criales...

No me imaginaría a estas alturas una vida familiar como la nuestra sino fuera con ellos en la cabeza. Su historia entronca la historia de la familia y como ésta provee de esa savia que se necesita para seguir creciendo. Es a partir de ellos que se rompe en la familia el círculo de pobreza que se originaría en las punas de Ayacucho, para luego, y desde allí, con la fuerza que le daba su seno, gestarse una nueva filosofía y una nueva mística que animaría hasta hoy el espíritu familiar. Las nuevas generaciones verían en ellos el ejemplo vivo que habría que seguir, y que los padres se encargarían de hacer recordar. Es por eso que la capacidad nucleadora de los abuelos exaltaba en extremo las proximidades de las fiestas navideñas. Nosotros veíamos con gran emoción nuestro viaje de Lima a Ica, aguardando con impaciencia los preparativos para este día central. Cada familia, de Ayacucho, de Lima y de Ica, que es de donde provenían principalmente nuestros familiares, traía consigo sus mundos, sus alegrías, sus pequeños hijos, que llenaban de algarabía la casa con sus gritos, sus correrías y todo. Y es que también son los niños los que dan sentido a esta fecha especial. No en vano es la fiesta del niño Jesús la fiesta de la Navidad. Recuerdo cómo esperaba la entrega de los regalos cuando niño. Y cómo nosotros, los inquietos primos, nos escabullíamos de la vista de los padres y burlábamos todos los sistemas de vigilancia levantados en torno a los regalos (que siempre se guardaban en un lugar “seguro”) para sopesarlos, tantearlos, medirlos, adivinarlos y luego barajar pronósticos en torno a sus posibles destinatarios… (Continuará.)

Vuelvo a esta entrañada tierra...



ICA por 3.


Vuelvo a esta entrañada tierra a través de tres imágenes. Tres imágenes que permanecen intactas en mi memoria: Acaso el tiempo nunca hubiese operado sobre ellas. Tres imágenes que, al mismo tiempo, me devuelven a mi infancia querida por esta ciudad. Uno:...

“La vieja parra del viejo ‘Mando’”. Nada producía mayor felicidad en mi alma, cuando solíamos visitar a los abuelos en “Manzanilla”, que la parra de uvas que cuidaba el abuelo ‘Mando’. Ubicado en el traspatio de la casa, muy pronto me precipitaba hacia ella a jugar. Me gustaba ese hermoso cielo raso que formaba, de entre puras hojas, racimos ojinegros y espacios en claro por donde se colaba la luz solar. Fueron quizá esas primeras imágenes las que mi mente asoció rápidamente con Ica, y las que acabaron guardándose en mi memoria. Dos: “La siesta de las tres”. Algo que llamaba profundamente mi atención, durante mis años de estudiante, y que después encontraría su confirmación en un cuento de Ribeyro - “La Molicie” -, es el sopor que hundía a Ica a eso de las tres de la tarde. En épocas de verano el sol aletargaba sus calles y hacía que sus gentes se replegaran hacia sus casas. Así, eran presa fácil de la modorra, que, sobre todo después del almuerzo, se apoderaba de la vigilia de gran parte de los iqueños. Tres: “La iglesia de Luren”. Una imagen del señor de Luren que mi madre llevaba a donde fuese selló por siempre mi relación con el Patrón de Ica. La fe que impregnaba a mi familia se reanudaba todos los domingos, cuando asistíamos a misa de las seis de la tarde. Y frente a la iglesia, me gustaba jugar con la idea del Santuario-Nave. Sus imponentes torres se perfilaban hacia el cielo como si estuvieran a punto de despegar. “Cosas de niños”, se apresuraba a decir mi madre con un aire de displicencia… Todos estos recuerdos, y más, se gravaron a fuego en mi memoria. Imágenes que hoy evoco al espacio de los varios años. Y que hoy me devuelven, a propósito de estas breves líneas, por estas cálidas y entrañadas tierras de Ica.


Carta a una estudiante de primer año.

Esto va como algo mío.

Querida Ana: Ante tu fe uno acaba por rendirse. Viendo la inquebrantable beatitud con que guías tus estudios, uno no puede más que escribirte estas líneas, en pos tuyo. Conociendo personalmente de la preocupación que muestras por tu formación, lo cual felicito en ti y celebro entre los jóvenes, me permití hacerte este catálogo de libros que espero sean de tu provecho...

A diferencia de lo que te dio el profesor Lévano aquella vez cuando tú se lo pediste, éste es tal vez más personal, más íntimo. Por eso no tienes por qué verlo como “la” lista de “los” libros que uno deba necesariamente que leer. Nada de eso. Es más bien una relación de títulos que responden a una sensibilidad muy particular. Con todo, pienso que independiente de mi opinión, son buenos de por sí mismos. Conforme vayas andando en tus lecturas, adquirirás cierta madurez y un cierto “olfato” para la buena literatura. Por ahora te sugiero que te guíes por lo que te vayan diciendo los grandes escritores en sus obras. En cada uno de sus libros se deslizan pequeños “tips” – perdóname la ligereza -, que a manera de guiños descifrados te van señalando el camino por donde andar: Y, para tu maravilla, te develan mundos insospechados. Así, por ejemplo, Vargas Llosa te llevará a Flaubert, o “La Guerra y la Paz”, de Tolstoi, o a la política peruana; Julio Ramón Ribeyro, a Stendhal, a los diarios personales, a las memorias, y a los grandes cuentos que se hayan escrito. Y así, cada autor procurará llevarte por sus lecturas, sus mundos, sus simpatías, sus preferencias, sus gustos, en fin. Lo esperable en todo caso es que cada creador te remita a lo que “conocen”, mas, a lo que ignoran, rara vez te llevarán. Por eso lo importante de tu formación, de tu propio criterio. Por lo pronto, o como diría Rulfo, por de pronto, aquí tienes este pequeña contribución de mi parte. 1.- El primer libro que se me viene a la mente y que se impone a todas las demás es “El amor en los tiempos del cólera”, de Gabriel García Márquez. Esta es tal vez la mejor novela que haya leído. Recuerdo que después de “Mi planta de naranja lima”, que tanto me impactó de niño, ninguna otra obra había conmovido tanto mi alma. Como casi todo de García Márquez, es maravilloso. Léelo. 2.- Luego está “Werther”, de J. W. Goethe. Si hacemos la odiosa comparación entre esta obra y “Romeo y Julieta” de Shakespeare (en aras de una mejor comprensión, y con el ánimo de llamar la atención sobre el libro para llegar a una propia opinión), la de Goethe es, de lejos, la mejor. Cuenta la leyenda que esta obra llegó a calar tan hondo en la sensibilidad del público lector, preferentemente joven entonces, que al terminar su lectura, decenas de jóvenes en el mundo se llegaron a quitar la vida. Para mi gusto, es mucho mejor que la del inglés. 3.- Y, por su puesto, Julio Ramón Ribeyro. El autor de “La palabra del mudo” es uno de los pocos escritores peruanos que ha incursionado en el género de los diarios personales. “La Tentación del Fracaso” es, en este sentido, un imprescindible. Aquí también agregaría sus “Prosas Apátridas”. Con Ribeyro no hay pierde, de ninguna manera. Él fue uno de los escritores peruanos que más influyó en mí. ¡Y qué decir de sus cuentos!: Léelos todos, te lo devorarás de punto a punto. 4.- Y en el terreno de la filosofía, “El hombre mediocre”, del argentino José Ingenieros. Éste fue uno de los primeros libros que leí en mi etapa, digamos, “seria”, y que marcó tanto mi carácter y mi forma de ver las cosas. Pienso que todo joven debe forzosamente que leerlo. Habla, en pocas palabras, del ideal que se debe cultivar en la vida. 5. – Y lo que te voy a decir ahora no es broma, aunque pueda parecerlo: “Harry Potter y la piedra filosofal”, de J.K. Rowling. Sobre todo este primer libro de la saga. Siempre me intrigó la literatura que está dirigida a los niños o adolescentes. Primero, porque tienes que hacer un esfuerzo mayor que cuando te diriges a un adulto, porque corres siempre el riesgo de que a la primera el pequeño lector te abandone irremisiblemente y, segundo, porque tienes que construir un mundo que sea a la vez fantástico y a la vez real. ¿Y cómo es eso? Pues los chicos hoy en día suelen ser más despabilados que antes, y se dan cuenta fácilmente cuando alguien los quiere hacer pasar por “ingenuos”. Al fin y al cabo todo intento de fantaseo exige de una base o de un referente real. 6.- Y de todas maneras en esta glosa no pueden faltar los que harto se mencionan en los círculos literarios. Dos de ellos, infaltables, sin los cuales te puedes ir morir con la conciencia tranquila: “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”, de Miguel de Cervantes Saavedra, y La Biblia, con el Antiguo y el Nuevo Testamento incluidos. Bueno, querida Ana, por lo pronto, eso es todo. Esta es una primera entrega necesariamente inacabada. Con el mayor gusto te lo entrego y, cuando quieras, tendrás una segunda parte.

Hoy estoy triste, ¿mañana?´...


La melancolía como ventana de nuestra habitación.

Muchos de nosotros nos hemos sentido tristes muchas veces en el curso de nuestras vidas. Unos más veces que otros, pero todos, sin excepción, nos hemos sentido tristes alguna vez...

Se diría que es hasta necesario y de buena señal en nuestra hoja de vida el haber atravesado, en ciertas dosis y en ciertas frecuencias, por este estado del alma. "Es normal", diría inmediatamente un médico ante nuestra inquietud, sin turbarse. No obstante todo ello, y contra lo que uno puede creer, lo cierto es que existen personas que la mayor parte de sus vidas la han pasado tristes o con el ánimo siempre recogidos. Como si en sus rostros mismos se leyera la tristeza vivida, así pasan por la vida y así se las reconoce entre nosotros: Con un aire de melancolía velando levemente sus facciones, sus gestos, sus acciones. Con una enternecedora sombría actitud ante la vida. La tristeza se instala así en sus existencias como si fuera un lugar más en sus vidas, y les hace recordar permanentemente que se encuentra ahí, con ellos. Como una ventana ubicada en nuestra habitación. Así, inevitablemente, aun a costa de nosotros mismos, nos proyectamos sobre ella una y otra vez, vaciamos todos nuestros recuerdos y dejamos actuar a la melancolía con todo su poder humano.

Las cáscaras y el fruto.

Hola amigos:

Para los que no dejan de soñar, van estas palabras...

“Un escritor francés del siglo XIX de la época romántica de la literatura escribió alguna vez algo parecido a esto: Las ilusiones que uno tiene de joven con el tiempo se van cayendo como una cáscara de una fruta, y el fruto es la experiencia. Yo cuando lo leí por primera vez me impresionó. El texto pertenece a Gerard de Nerval y es un fragmento extraído de "Silvia" (la mejor novela del siglo XIX, según Umberto Eco, quien la ha leído decenas de veces). Me impresionó porque era algo que yo lo sentí en su momento, pero no presentado bajo esas palabras. De joven se podría decir que revoloteaba en ilusiones, o lo que es mejor, de ideales. Cayó en mis manos "El hombre mediocre" del escritor y filósofo argentino José Ingenieros, y desde entonces (a parte de aprenderme de memoria el inicio, que es una genialidad de palabras) me convertí en uno de sus más calurosos aprendices. De esa fecha me consideré a muerte un hombre idealista. Paulatinamente, sin embargo, las cosas fueron cambiando. Algunos de mis acariciados sueños fueron cayendo como "cáscaras", y la experiencia se fue revelando en su más crudo rostro. Algunos amigos míos fueron quedándose como de "puras pulpas". Desaprobaban mi entusiasmo de todo punto. Para qué, me decían, si la vida no es así. Y yo con algo así como una sonrisa, les respondía que no, que había que luchar por lo que uno más quiere. Lo cierto es que en el Perú es fácil pensar de ese modo, como alguno de mis amigos. Pareciera que todo conspirara para que fuera así. Pero hay que seguir en lo de uno. Como envueltos en una burbuja. El ideal es algo que debe cultivarse de por vida. Revitalizarse. Renovarse. Aunque sea pequeño, pero ahí está, operando en nosotros. De todas formas ese fruto no puede verse como una experiencia sola, aislada del ideal, ni esa cáscara vista como pura ilusión, después de todo, lo que queda no es más que el producto de ambas cosas.


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