A propósito de estas fechas.
Es Navidad. (I)
Mis mejores navidades las he pasado sin duda en Ica. Y son seguramente aquellas imágenes que mi niñez manda con mayor insistencia. Recuerdo especialmente la casa de los abuelos en Ica, porque allí, en ese entrañable lugar, se celebraron las Noches Buenas más alegres que mi memoria tenga recuerdo. Y fue de este modo, porque, entre otras cosas, permitió que la familia en pleno se reuniera, como rara vez ocurría en el año, en torno a las dos piedras angulares del edificio familiar: ‘Mamá’ Luzmila Sumari y ‘Papá’ Armando Criales...
No me imaginaría a estas alturas una vida familiar como la nuestra sino fuera con ellos en la cabeza. Su historia entronca la historia de la familia y como ésta provee de esa savia que se necesita para seguir creciendo. Es a partir de ellos que se rompe en la familia el círculo de pobreza que se originaría en las punas de Ayacucho, para luego, y desde allí, con la fuerza que le daba su seno, gestarse una nueva filosofía y una nueva mística que animaría hasta hoy el espíritu familiar. Las nuevas generaciones verían en ellos el ejemplo vivo que habría que seguir, y que los padres se encargarían de hacer recordar. Es por eso que la capacidad nucleadora de los abuelos exaltaba en extremo las proximidades de las fiestas navideñas. Nosotros veíamos con gran emoción nuestro viaje de Lima a Ica, aguardando con impaciencia los preparativos para este día central. Cada familia, de Ayacucho, de Lima y de Ica, que es de donde provenían principalmente nuestros familiares, traía consigo sus mundos, sus alegrías, sus pequeños hijos, que llenaban de algarabía la casa con sus gritos, sus correrías y todo. Y es que también son los niños los que dan sentido a esta fecha especial. No en vano es la fiesta del niño Jesús la fiesta de la Navidad. Recuerdo cómo esperaba la entrega de los regalos cuando niño. Y cómo nosotros, los inquietos primos, nos escabullíamos de la vista de los padres y burlábamos todos los sistemas de vigilancia levantados en torno a los regalos (que siempre se guardaban en un lugar “seguro”) para sopesarlos, tantearlos, medirlos, adivinarlos y luego barajar pronósticos en torno a sus posibles destinatarios… (Continuará.)


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